Pentecostés en el Cenáculo

Encontrar al Espíritu Santo en la Sala de Pentecostés de Notre Dame de Jerusalén

Equipo de Magdala

|

20 mayo, 2026

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Pentecostés en el Cenáculo

Como alguien bendecida con la gracia de servir tanto en Magdala como en el Centro Notre Dame de Jerusalén, me descubro regresando una y otra vez a uno de los espacios más impresionantes de Tierra Santa para contemplar la venida del Espíritu Santo en Jerusalén: la Sala de Pentecostés. A lo largo de los años, he tenido el privilegio de estudiar su obra artística en diálogo con el artista Daniel Cariola, rezar en este espacio, guiar a peregrinos a través de su simbolismo y profundizar en el significado teológico tejido en cada figura y gesto allí representados. Cada visita revela algo nuevo.

La Sala de Pentecostés no es simplemente una representación de un acontecimiento bíblico del pasado. Es una invitación viva a entrar en el misterio del Espíritu Santo; una invitación a encontrarse con el mismo Espíritu que descendió sobre Cristo, llenó a los Apóstoles y continúa animando hoy a la Iglesia.

En el corazón de la sala resuena la gran profecía de Isaías:

«Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Lo inspirará el temor del Señor.» (Isaías 11, 2–3)

Estas palabras cobran vida en toda la Sala de Pentecostés. Cada rostro, cada postura y cada interacción entre los discípulos refleja uno de los dones del Espíritu Santo.

En el centro de la sala, el Espíritu Santo desciende como una paloma desde el Padre, irradiando luz divina y fuego sobre quienes están reunidos abajo. A menudo explico a los peregrinos que esta imagen no es simplemente un elemento decorativo simbólico. Revela el cumplimiento de la promesa de Dios. El Espíritu que reposó sobre Cristo en el Jordán es ahora derramado sobre la Iglesia.

Lo que más me conmueve es que el Espíritu no desciende únicamente sobre individuos aislados, sino sobre una comunidad reunida en oración. Pentecostés es el nacimiento de la comunión, el nacimiento de la Iglesia. Como nos recuerda san Pablo: «siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, pero cada uno somos miembros los unos de los otros» (Romanos 12, 5). El Espíritu Santo reúne a la humanidad en el Cuerpo vivo de Cristo.

Sabiduría y Entendimiento

Una de las primeras cosas que invito a observar a quienes visitan la sala son las expresiones en los rostros de la Virgen María, Pedro y María Magdalena. Sus rostros parecen iluminados desde dentro, reflejando tanto una cierta familiaridad con el Espíritu Santo que desciende sobre ellos como un despertar ante la realidad completamente nueva que se despliega: el cumplimiento de la promesa de Dios y el nacimiento de una nueva creación mediante la presencia viva del Espíritu.

Isaías habla primero de «espíritu de sabiduría y entendimiento». En el pensamiento bíblico, la sabiduría no es simplemente inteligencia. Es la gracia de mirar la vida con los ojos de Dios y amar lo que es eterno. El entendimiento va todavía más allá: es la capacidad de percibir la presencia de Dios bajo la superficie de la vida cotidiana.

Cuanto más contemplo esta sala, más consciente soy de cuánto necesita hoy nuestro mundo estos dones. Constantemente somos tentados a mirar a los demás desde el juicio, el miedo, la distracción o la división. Pero el Espíritu Santo nos enseña a mirar como mira Cristo.

La Sala de Pentecostés me recuerda que el mismo Espíritu que iluminó a los Apóstoles desea también transformar nuestra mirada.

Consejo y Fortaleza

Hay una sección de la sala que siempre me ha fascinado de manera especial. A la derecha de María Magdalena y Lázaro se encuentran María, la mujer de Cleofás, y su esposo, reflexionando sobre su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Emaús. Sentado frente a ellos aparece Nicodemo, que parece haber estado inmerso en una intensa conversación con ambos. En ese instante, se vuelve hacia el Espíritu que desciende con una expresión de sorpresa y asombro, y con la convicción de que las Escrituras se están cumpliendo en ese mismo momento.

Cada vez que me detengo ante estas figuras, me impresiona profundamente la expresión en sus rostros. Parecen encontrarse en el umbral entre el miedo y la fe.

Isaías describe un «espíritu de consejo y fortaleza». El consejo es el don del Espíritu que permite discernir el camino correcto según la sabiduría de Dios. La fortaleza es el valor espiritual: la gracia de permanecer fieles incluso cuando el seguimiento de Cristo se vuelve difícil.

Mientras acompaño a los visitantes en esta sala, suelo reflexionar sobre cómo el Espíritu Santo no elimina el sufrimiento ni la incertidumbre de nuestras vidas. Más bien, nos da el valor para seguir caminando fielmente a través de ellos.

Creo sinceramente que este es uno de los grandes mensajes de Pentecostés para nuestro tiempo: Dios sigue guiando a su pueblo. El Espíritu continúa fortaleciendo corazones cansados, iluminando decisiones difíciles y concediendo valentía cuando la fe exige sacrificio.

Ciencia y Piedad

Otro detalle que me encanta compartir con los peregrinos es la relación entre el joven Juan Marcos y la suegra de Simón Pedro, sentados cerca el uno del otro y tomados de la mano.

La intensa mirada de Juan Marcos sugiere a alguien cautivado por el misterio que se despliega ante él, profundamente atento a la presencia de Dios. A su lado, la suegra de Pedro transmite ternura, calidez y una devoción serena.

Juntos encarnan maravillosamente lo que Isaías llama «espíritu de ciencia y piedad».

En la Escritura, la ciencia no significa simplemente información acerca de Dios. Significa reconocer su presencia y su acción en la vida cotidiana. La piedad, por su parte, expresa el amor confiado de un hijo hacia un Padre lleno de ternura.

Cuanto más crezco en mi propia fe, más comprendo que estos dones deben permanecer unidos. El conocimiento sin amor puede volverse frío y orgulloso. La devoción sin verdad puede quedarse en algo superficial. El Espíritu Santo une ambos en una auténtica comunión con el Padre.

Eso es precisamente lo que, para mí, revela tan bellamente la Sala de Pentecostés: el cristianismo no consiste simplemente en aprender verdades sobre Dios, sino en entrar en relación con Él.

Temor del Señor

Quizá el don más incomprendido representado en la sala sea el temor del Señor.

A menudo dirijo la atención de los visitantes hacia la figura del apóstol Felipe, sentado en el extremo izquierdo del llamado «Muro de María Magdalena», con la mano cubriendo parcialmente su rostro ligeramente inclinado. Su postura transmite humildad, asombro y reverencia ante el misterio sobrecogedor que se despliega a su alrededor.

En el pensamiento bíblico, el temor del Señor no significa terror ni miedo al castigo. Es una reverencia amorosa ante la santidad de Dios: el profundo deseo de no separarse jamás de Él.

La postura de Felipe me lleva siempre a recordar sus palabras durante la Última Cena: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Juan 14, 8).

En Pentecostés, ese deseo comienza a encontrar su cumplimiento. El Espíritu Santo conduce a Felipe —y también a cada uno de nosotros— hacia una comunión más profunda con el Padre.

Cuanto más tiempo paso en la Sala de Pentecostés, más experimento, a través de quienes la visitan, que Pentecostés no es un acontecimiento lejano que admiramos desde la distancia. Es una realidad viva. El Espíritu Santo continúa descendiendo hoy sobre la Iglesia, despertando corazones, sanando divisiones, iluminando mentes y atrayendo las almas hacia la comunión con Cristo.

Cada vez que abandono esta sala, llevo conmigo la misma oración: que pueda abrirme cada vez más a la acción del Espíritu Santo en mi propia vida cotidiana.

Esa es, en definitiva, la invitación que la Sala de Pentecostés ofrece a cada peregrino que entra en ella.

Que podamos abrirnos más plenamente al Espíritu Santo, permitiéndole despertar en nosotros la sabiduría y el entendimiento, el consejo y la fortaleza, la ciencia y la piedad, y el gozoso temor del Señor. Que el Espíritu transforme nuestra manera de mirar, amar, perdonar, servir y vivir.

Y que llevemos el fuego de Pentecostés a nuestros hogares, lugares de trabajo, familias y comunidades, para que el mundo pueda encontrar, a través de nosotros, la presencia viva de Dios.

¡Ven, Espíritu Santo!
llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.

Envía tu Espíritu y serán creados,
y ¡renovarás la faz de la tierra!

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