San Pablo dijo que “nuestra ciudadanía está en el cielo” (Flp 3,20); por eso todos caminamos por esta tierra como extranjeros, como peregrinos, como huéspedes. Esto significa que toda relación con los demás es una cuestión de hospitalidad (la palabra “hospitalidad” viene del latín hospes, huésped): siempre somos a la vez huéspedes y anfitriones. En la Biblia, la hospitalidad no es solo un deber moral; es un lugar de encuentro con el otro y, por tanto, el lugar donde se revela el misterio inefable del amor de Dios.
Normalmente, esta hospitalidad se expresa en un lugar concreto: alrededor de una mesa, durante una comida. No nos resulta extraño. Cuando queremos pasar tiempo con alguien, comemos con él. Las personas se acercan físicamente y de corazón. Se superan distancias. Se construye comunidad. Las comidas trascienden el mero ritual social. Emergen tesoros más profundos. Nos pertenecemos unos a otros.
En la Encarnación, tras una visita angélica, Dios entra en nuestra condición humana y, en Jesús, se convierte en nuestro compañero (palabra que también procede del latín y que significa literalmente “aquel con quien compartes el pan”). En una de las comidas más célebres de todos los tiempos, la Última Cena (Mt 26,17-30), un acontecimiento central de la historia de la Salvación sucede a través de un alimento sencillo: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo”. Se sella la Nueva Alianza y el misterio inexpresable del amor que se entrega totalmente se revela en la fracción del pan y en el compartir el mismo cáliz. Ni siquiera la traición más trágica debilita la poderosa belleza de esta copa desbordante de hospitalidad: “El que ha metido conmigo la mano en el plato, ese me va a entregar”. Aunque una hospitalidad traicionera introduce la mano en el plato común —signo de confianza— y entrega al compañero a los enemigos mortales con otro gesto de amistad, un beso, la fuente original y última de toda hospitalidad humana responde con la entrega total de sí mismo. La mansedumbre del anfitrión sigue respetando la dignidad incluso de quien ha caído en la traición, comprometiéndose activamente, como todo padre, a que ese hijo rebelde regrese a casa. Mientras que la hostilidad es la antítesis de la hospitalidad, la hospitalidad es el antídoto eficaz contra la hostilidad.
La obra maestra de hospitalidad de la Última Cena del Jueves Santo no sucede en el vacío. Hemos recorrido un largo camino con Abraham y su familia en continuo crecimiento, desde que ofreció un banquete a sus misteriosos huéspedes celestiales (Gn 18,1-15). Ellos acabarán invitándonos al banquete de bodas donde nos servirán: “Bienaventurados los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9; “se ceñirá… y los servirá”, Lc 12,37). Abraham reconoce inmediatamente a los tres hombres junto a su tienda como enviados de Dios (Gn 18,1-2). Aunque no se revela explícitamente quiénes son, suelen llamarse “los tres ángeles”, y algunos perciben en ellos un anticipo de la Santísima Trinidad, idea inmortalizada en el icono de la Trinidad de Andrei Rublev. No necesitan pedir hospitalidad: Abraham les suplica que se detengan, descansen y coman con él, que compartan su pan, que pide a su esposa Sara que prepare. Su fe recibe recompensa: los tres ángeles anuncian: “Volveremos a ti dentro de un año, y entonces Sara habrá tenido un hijo”.
El encuentro del atardecer del Domingo de Pascua entre los discípulos de Emaús y Jesús (Lc 24,13-35) nos conduce hacia la nueva hospitalidad que Jesús nos ofrece como Huésped Invisible. Al principio no lo reconocen, ni siquiera cuando les explica las Escrituras y el sentido de su muerte en la cruz. Para ellos es un desconocido y, sin embargo, lo tratan con hospitalidad: “Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída”. Durante la comida, al partir el pan, se dan cuenta de que no es un extraño: es su compañero, su Maestro y amigo. No pueden comprender la nueva revelación solo con palabras (tampoco nosotros); sus ojos se abren a la realidad de su nueva presencia en el momento de la fracción del pan. Entonces desaparece de su vista.
Desde entonces, en el primer día de la semana, el día de la Nueva Creación, los discípulos se reúnen para encontrarlo en la fracción del pan. La reunión dominical trasciende el mero ritual: el único pan partido por nosotros construye el único Cuerpo de Cristo que somos.
Jesús realiza su primer milagro en las bodas de Caná (Jn 2,1-11), otro momento de convivencia y comunidad. Revela su gloria por primera vez como invitado a un banquete, esta vez utilizando el agua. De manera discreta transforma algo insípido, sin sabor y neutro en vino, algo lleno de gusto, aroma y belleza. Lo hace como una alegoría de la elevación de la humanidad desde una condición caída y vacía hacia una vida nueva y hermosa. Ese vino también desbordará del cáliz de la Nueva Alianza que ofrece para nuestra redención, participación en el amor más grande.
Una mujer unge la cabeza de Jesús con un frasco de perfume costoso. La gente la recrimina: “Podía haberse vendido por más de trescientos jornales y dado el dinero a los pobres” (Mc 14,3-9). Jesús la defiende: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre”. Esta vez Cristo es el objeto, no el sujeto. Interpreta esta hospitalidad dramática y a la vez delicada —hacer el bien a alguien que pasa, celebrar la presencia de quien pronto ya no estará— como un anuncio anticipado de su muerte. Un episodio semejante aparece en Jn 12,1-3, pero esta vez la mujer es una amiga muy querida de Jesús: María, la hermana de Marta y Lázaro. Imaginemos con cuánta gratitud ungió los pies de aquel que había resucitado a su hermano.
Como hemos visto, algunos de los momentos decisivos del ministerio público de Cristo tienen lugar durante una comida (desde Caná hasta poco antes de la Pasión), el ámbito por excelencia de la hospitalidad. En Lucas 14, va a comer a casa de uno de los jefes de los fariseos. Jesús no fue indulgente con ellos —llegó a llamarlos “sepulcros blanqueados”— y, sin embargo, como huésped ocupa el último lugar: “Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”. En vez de ponerse por encima de los fariseos, aprovecha la ocasión para ofrecerles un corazón nuevo: “Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez 36,26).
Además de acoger la hospitalidad que se le ofrece y de ofrecerla a otros, la enseñanza de Jesús revela las dimensiones más profundas y elevadas de la hospitalidad, más allá de la simple costumbre social.
Cuando el hijo pródigo regresa humillado y hambriento a la casa de su padre, aunque cree no merecer ni siquiera ser tratado como un jornalero, es recibido como el mejor de los invitados y readmitido en la familia como el hijo amado que siempre fue (Lc 15,11-32). La muerte y resurrección de Cristo no solo restauran nuestra condición humana a lo anterior a la caída; quienes creen en Él reciben en el Reino de los Cielos una perfección aún mayor, como el hijo pródigo. Dios no es un mecánico que simplemente arregla lo que rompimos: toma esa rotura para darnos algo mejor.
Un hombre rico banquetea espléndidamente cada día mientras un pobre llamado Lázaro yace hambriento a su puerta (Lc 16,19-31). Al morir, el rico va al infierno y el pobre al cielo. El rico no le hizo ningún mal directo a Lázaro, no le robó la comida, pero su indiferencia se considera un pecado igual de grave. Una vez más, la comida no es solo una comida. Al no invitar al pobre a su mesa, al no partir el pan con él, el rico se niega a reconocerlo como prójimo. ¿Cómo podrían entonces sentarse a la misma mesa en el Banquete del Cordero?
La famosa parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) responde de manera sencilla a la pregunta: ¿quién es mi prójimo? El hombre herido es auxiliado por quien, según los criterios del mundo, es el más extraño para él y para los oyentes de la parábola. Es el único que muestra hospitalidad y misericordia, y por eso es su verdadero prójimo. Jesús ni siquiera necesita afirmar explícitamente que todos son nuestro prójimo: lo mostró a lo largo de todo su ministerio. Se sentó a la mesa y compartió su pan con los discípulos, con los fariseos y con los pecadores y publicanos, como en la casa de Mateo. “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13). Si solo hubiera compartido la mesa con quienes eran dignos de Él, sus cenas habrían sido bastante solitarias.
Es imposible dar testimonio de la Palabra de Dios sin ser hospitalarios. Pablo lo sabía bien: “Permaneció dos años enteros en una casa alquilada y acogía a todos los que venían a verlo, proclamando el Reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo con toda valentía y sin impedimento alguno” (Hch 28,30-31). La hospitalidad no es un instrumento: es el corazón mismo de su predicación y de su estilo de vida. Es la expresión de un amor que las palabras no pueden describir sin empobrecerlo; son las acciones a través de las cuales el misterio no solo se anuncia, sino que se hace presente entre nosotros, ya como anticipo. ¡Da la impresión de que Él no puede esperar a acogernos en las moradas celestiales de su Padre y servirnos Él mismo!
Cristianos que crecen un paso más cerca a través de la hospitalidad
Un paso más cerca – Hospitalidad juntos
Waseem Bshara
Responsable de Seguridad
“Si eres demasiado duro, te romperán.
Si eres demasiado blando, te doblarán.”
Cuando Waseem era un niño pequeño, recuerda cómo su padre lo fue preparando para la vida desde muy temprano. ¿Fue un presentimiento de tiempos más difíciles? Su padre era carnicero por la mañana, barbero por la tarde, y músico y cantante en celebraciones familiares y comunitarias por la noche. Al volver del trabajo traía un trozo de carne del cuello, lo cortaba en pequeñas porciones y enviaba al pequeño Waseem, con solo seis años, por el vecindario a distribuirlas y venderlas a bajo precio a las familias, que se alegraban de su buen sabor. A cambio le daban a Waseem unas pocas monedas.
Waseem no podía imaginar que él y sus tres hermanos —uno un año mayor, otro tres años menor y otro apenas seis meses menor— perderían trágicamente a su padre, de 32 años, dos semanas después de su séptimo cumpleaños. Fue durante una gran reunión familiar el Día de la Independencia, el 28 de abril de 1982, en Beit el-Bik, en la entrada del río Jordán al mar de Galilea. Durante la excursión, el padre quedó atrapado en su red de pesca, enganchada por un fuerte remolino del río. En un intento desesperado por salvarlo, su hermano de 20 años también fue arrastrado y se ahogó. Al día siguiente, un equipo de rescate del ejército recuperó el segundo cuerpo.
Los años restantes de infancia estuvieron llenos de grandes dificultades para esta familia medio huérfana, en una casa diminuta y con muy poco apoyo gubernamental. Su extraordinaria madre es hoy su estrella más querida, a la que honran con un amor lleno de ternura. Rara vez he escuchado a alguien hablar con tanto cariño de su madre. Con tan solo veintiséis años, fue fuerte y realizó una labor increíble, sobre todo gracias a su dedicación total a sus hijos. Hoy la valoran profundamente por su entrega y por el sufrimiento asumido por ellos.
Cuando las cosas se ponen difíciles, los fuertes siguen adelante. Los chicos encontraban pequeños trabajos cada día y en cualquier lugar. Una anciana fue muy generosa con Waseem cuando este había recogido unos 300 huevos de gallinas sueltas y traviesas que los ponían en cualquier rincón imaginable: entre ortigas, maleza y bajo los arbustos. Ella le dio 30 huevos para llevar a casa, pero su madre no creyó que no los hubiera robado. Tomó al pobre Waseem de la oreja y, con los 30 huevos, lo llevó de vuelta a casa de la señora, solo para descubrir que su hijo era completamente inocente.
Cazar palomas, cosechar fruta, pintar casas, trabajar en la construcción, soldar… fueron peldaños en su escalera laboral. Los chicos aprendieron pronto a valerse por sí mismos. “La vida te pone en una jungla y tienes que manejarlo todo por tu cuenta. Incluso más de 40 años después seguimos echando de menos esa figura paterna”. Maduraron pronto. Jóvenes mayores los invitaban a cazar y los respetaban más allá de su edad. Aprendieron rápidamente a sobrevivir.
Waseem pasó de la gestión de un parque estatal a ser recepcionista en The Scots Hotel. Hace veinte años se incorporó a Magdala. Actualmente es jefe de seguridad, aunque cubre muchas otras necesidades y oportunidades del proyecto. Es nuestro primer empleado y el que lleva más tiempo con nosotros, desde el comienzo. El turismo fluctúa como una curva sinusoidal, por lo que sigue siendo un reto sacar adelante a sus cuatro hijos. Amir, el mayor, terminará enfermería este verano. Nivin está en cuarto año de Medicina en Perugia, Italia. Juanito y Roisin cursan la secundaria.
Waseem sonreía al contar cómo conoció a Mahira. Al ser la hermana de un amigo muy cercano, tuvo la oportunidad de observar su forma de ser durante mucho tiempo. Un día le dijo a su madre que quería casarse con Mahira. Esa historia quedó sellada el 15 de agosto de 1998.
Este católico árabe-israelí tiende puentes con su sola persona. Cree que es necesario ser amigo de todos, mostrar bondad hacia todos sin comprometer los propios principios. “Si eres demasiado duro, te romperán. Si eres demasiado blando, te doblarán”.
Waseem dice que ha crecido mucho en Magdala, con cada excavación, cada fase de construcción, cada acontecimiento, los alegres y los tristes. Le cuesta ponerlo en palabras: “Aquí te sientes vivo. Me encanta esa sensación. Para mí es un lugar especial”.
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