Me preguntaba: ¿por qué? ¿Por qué, una vez más, estar viviendo esta situación?
Los primeros días sentí mucha frustración, dolor… hasta debo aceptar que algo de rabia sentía en el fondo de mi corazón.
Mi corazón se estaba agobiando, llenándose de miedo y de ausencia de consuelo. Sentía que un peso muy grande se estaba acercando a mis hombros. Comencé a sentir cómo me estaba quedando sin fuerzas para poder llevar esta cruz sola.
—¿Y es que quién puede solo?
Llegué a tus pies. Una vez más…
Llegué con mucha miseria en mi corazón, en mi mente… no tenía nada para rezar, más allá de pedirte respuestas o explicaciones.
Sentí por un momento que me llamaste una vez más por mi nombre, “María y José”. Como si me pidieras también acudir a ellos.
Guardo silencio y comienzo a pensar en la sagrada familia, en María y José. Estar lejos de casa no es fácil por estos días...
Escuché una respuesta: “aquí tienes a nuestro hijo”. Descubrí cómo, a través de María y de José, te estaba descubriendo de nuevo a ti…
“Tu corazón es aquí donde descansa, donde recibirás ese consuelo que necesitas”. Empecé a sentir esas palabras en el corazón.
¿Por qué tener miedo si yo estoy contigo? Ni una sola hoja de un árbol cae si no es mi voluntad.
Salí del búnker, pasaban las horas del día cuando nuevamente nos tocaba ingresar a los lugares de protección.
Entré al búnker. Estabas ahí.
Me arrodillé y, con humildad, te pedí que me revelaras la verdad, pues en mi corazón se estaba nublando el entendimiento, la confianza y la fe.
Revélame la verdad, Jesús. Permíteme ver cómo tú ves.
Magdala es un lugar donde puedes tener la Eucaristía más cerca de lo imaginable. Es un encuentro cara a cara tan profundo, casi que irreal. Es un amor desbordante.
De un momento a otro, mis oraciones dejaron de ser preguntas o reclamos… comenzaron a ser agradecimientos:
Gracias por permitirme sentirme segura cuando estoy contigo.
Gracias porque lo que tú quieres es tenerme aquí contigo.
Gracias porque puedo rezar por todas las personas que en este momento no pueden.
Gracias por las personas con las que estoy compartiendo esta situación.
Gracias por esta Cuaresma que me trae a compartir tu dolor.
Gracias por hacerme humilde.
Gracias porque en ti encuentro libertad.
Gracias porque, aunque todo el mundo esté en guerra, hay paz en nuestros corazones.
Gracias por las situaciones que nos llevan a anhelarte.
Y así eres tú, Jesús: generoso en tu misericordia. Porque tomaste mi debilidad y la convertiste en oración.
Guárdame de olvidar estos momentos de intimidad contigo. Te quiero por siempre en mi corazón. En mi miseria también habitas y no me abandonas.
Hoy entiendo que vivir la Tierra Santa también es vivir la tierra de mi corazón, con todo lo que hay ahí. Hoy me enseñas que debo esperar sin desesperar. Hoy acepto que estas situaciones son parte del camino hacia mi santidad.
Magdala es un pedazo de cielo aquí en la tierra: en un búnker, en una capilla, en el lago o en las personas.
Gracias, Magdala, porque no hay mejor lugar para vivir una guerra que este, a tus pies.
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