¿Llaneros solitarios o una sola familia?
¿Quién podría ganar la Copa del Mundo de fútbol siendo un solo jugador? «¡Imposible!», respondería cualquier niño. ¡Se necesita un equipo! Pero quizá, como creyentes, nos consideramos jugadores de tenis, ¡y además de individuales! Sin embargo, ni Djokovic, ni Nadal, ni Sinner, ni Alcaraz ganan Wimbledon por sí solos. Cada uno cuenta con un elaborado equipo de entrenadores y colaboradores detrás de él, al igual que un piloto de las 500 Millas de Indianápolis.
Uno de los grandes desafíos para comprender la Sagrada Escritura es que nos acercamos a ella con la mentalidad individualista propia del siglo XXI, una mentalidad centrada en uno mismo, que vive de una experiencia intensa a la siguiente, absorbida por la expectativa fugaz de lo que está por venir. En el artículo del mes pasado, Explorando la unidad en la Sagrada Escritura, reflexionábamos sobre cómo fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y llamados a formar parte de la familia de Abraham, nuestro padre en la fe. El pueblo de Dios no está formado por individuos aislados que simplemente se reúnen en un mismo lugar, sino por miembros profundamente unidos como una familia. Exploremos ahora la mentalidad que subyace en los Salmos y descubramos el sentido de unidad comunitaria que impregna la visión bíblica.
Los Salmos son, precisamente, la oración del pueblo de Dios desde la antigüedad. Existe un antiguo principio que dice lex orandi, lex credendi: la manera en que oramos expresa lo que creemos y, a su vez, aquello que creemos da forma y orienta nuestra oración. Al meditar estos salmos, conscientes de nuestro sentido de pertenencia y de nuestra unidad, resulta maravilloso descubrir que quien ora no es únicamente una persona individual, sino alguien profundamente unido a todo el pueblo de Dios.
Nos gusta rezar los Salmos en momentos de intensa experiencia personal; pueden parecer auténticos diarios espirituales. Comencemos con el Salmo 3: «¡Señor, cuántos son mis enemigos!», que nos permite percibir con fuerza la angustia personal. «Estoy agotado de tanto gemir», dice el Salmo 6, expresando también un sufrimiento profundamente individual. ¿Existe un lamento más personal que el del Salmo 13: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?»? Probablemente el salmo individual más conocido sea el Salmo 23: «El Señor es mi pastor», tan íntimo y profundamente personal. Del mismo modo, «Oh Dios, tú eres mi Dios» del Salmo 63 expresa el anhelo místico de un alma.
El sentimiento de culpa y el sufrimiento personal del Salmo 38 alcanzan su culmen en el gran salmo penitencial de David, el Salmo 51. Este clásico salmo de arrepentimiento «Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad...» se abre finalmente hacia Sión y hacia Israel: reconstruye las murallas de Jerusalén para que tu pueblo pueda ofrecerte un culto digno. Incluso en el núcleo más íntimo y personal de la oración, quien reza sabe que forma parte de una realidad mucho mayor: todo el pueblo de Dios. De manera semejante, aunque el Salmo 22 comienza con un clamor profundamente personal «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», palabras que también brotan de los labios de Jesús en la cruz, hacia el final aparecen con claridad sus dimensiones comunitarias, en perfecta armonía con su misión mesiánica para todo el pueblo de Dios.
El Salmo 80 nos ofrece una de las imágenes comunitarias más poderosas: la vid.
«Sacaste una vid de Egipto.»
Israel es:
- Una sola vid.
- Una sola realidad plantada por Dios.
- Un solo organismo.
Recordemos cómo esta imagen encuentra más tarde un profundo eco en la teología de san Juan, cuando Jesús dice: «Yo soy la vid» (Jn 15).
A nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, nos resulta muy natural identificarnos con la persona que está orando, como si ella misma fuera casi el único horizonte de su oración. Sin duda, cada individuo es personalmente importante para Dios; pero el pueblo de Dios constituye una sola realidad de alianza. Sigamos observando y descubramos que, en muchos de los Salmos, es todo el pueblo quien ora con la clara conciencia de ser un solo pueblo.
En el Salmo 44 habla una sola voz, pero es la voz de todo el pueblo:
«¡Tú eres mi Rey, oh Dios! ¡Decreta la salvación para Jacob!»
«Nos has entregado como ovejas al matadero.»
Toda la nación habla como un único «nosotros», compartiendo:
- el sufrimiento colectivo;
- la identidad de la alianza;
- la memoria nacional;
- un destino común.
Este salmo apenas distingue a las personas individuales del pueblo en su conjunto.
En el Salmo 74, el pueblo de Dios y el Templo constituyen una sola realidad:
«Acuérdate de tu congregación, la que adquiriste desde antiguo.»
«Han prendido fuego a tu santuario.»
Israel, el culto, el Templo, la tierra y la alianza aparecen siempre tratados como una única realidad comunitaria.
Después de la devastación, el salmista ora:
«Oh Dios, las naciones han invadido tu heredad.»
«Ayúdanos, Dios de nuestra salvación.»
En el Salmo 79, el «yo» desaparece para dar paso a la catástrofe comunitaria. Ya no se trata de un sufrimiento personal, sino del trauma de toda una nación.
«Jerusalén, edificada como ciudad bien unida entre sí... Allí suben las tribus...» (Sal 122).
El Salmo 122 expresa la profunda unidad entre las tribus, la identidad nacional y el culto; un tema que se manifiesta con la misma fuerza tanto en la alegría como en el dolor.
La memoria colectiva del exilio en el Salmo 137 «Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos y llorábamos...» no refleja un duelo privado, sino una conciencia compartida que brota de la identidad de todo un pueblo.
Observemos también cómo muchos de los salmos reales parten del mismo principio: rey + pueblo = un mismo destino
Por ejemplo:
- Salmo 2
- Salmo 72
- Salmo 89
- Salmo 110
No consideren este ejercicio como algo meramente académico. Es simplemente un punto de partida para comenzar a orar. Vayan más allá de las referencias aquí mencionadas. Permitan que estas notas los guíen a leer lentamente algunos salmos con regularidad durante las próximas semanas y dejen que este espíritu comunitario vaya transformando su manera de pensar. Necesitamos dejarnos transformar por la comprensión bíblica de que todos nos pertenecemos y compartimos el mismo don de la salvación para toda la familia humana. Particularmente, como bautizados, pertenecemos íntimamente unos a otros como miembros del Cuerpo de Cristo, su Esposa, la Iglesia.
Los Salmos son fascinantes precisamente porque mantienen unidas estas dos realidades: Israel como un solo pueblo delante de Dios y el alma individual que comparece personalmente ante Él. Los lectores modernos suelen asumir que la religión bíblica es principalmente individual, pero los Salmos revelan hasta qué punto la espiritualidad de Israel era profundamente comunitaria. Jesús conocía muy bien los Salmos y los rezaba. Esto se hace especialmente evidente durante la Pasión, cuando su corazón se hace palpable en sus palabras. No es casualidad que la oración fundamental que nos enseñó esté formulada en primera persona del plural «nosotros» y «nuestro», donde el «yo» y el «mí» están notablemente ausentes.
Concluyamos por hoy con las palabras de un gran cristiano que comprendió de manera extraordinaria la oración de los Salmos:
«Dios no pudo hacer a los hombres un regalo mayor que darles por Cabeza a su propia Palabra, por quien creó todas las cosas, para que ellos fueran sus miembros. El Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre; siendo un solo Dios con el Padre, se hizo un solo hombre con los hombres. Así, cuando hablamos con Dios en la oración, el Hijo no está separado del Padre; y cuando el Cuerpo del Hijo ora, la Cabeza no está separada del Cuerpo. Es el mismo Salvador de su Cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, quien ora por nosotros, ora en nosotros y recibe nuestra oración. Ora por nosotros como nuestro sacerdote; ora en nosotros como nuestra Cabeza; y recibe nuestra oración como nuestro Dios. Reconozcamos, por tanto, nuestra voz en Él y su voz en nosotros.»
San Agustín, Enarrationes in Psalmos, 85, 1 (CCL 39, 1176).
Este comentario resuena profundamente con el capítulo 17 del Evangelio de san Juan, especialmente con los versículos 23 y 26, algunos de los pasajes bíblicos favoritos de One Step Closer.
… continuará, porque la enseñanza de la Sagrada Escritura sobre la unidad es tan amplia y profunda que merece seguir siendo explorada. Sigamos descubriendo juntos este inmenso tesoro bíblico mientras desarrollamos www.onestepcloser.org.
No duden en enviarme sus observaciones, comentarios o sugerencias a ekelly@magdala.org.
Lo que Dios ha unido, que nadie lo separe (Mt 19,6; Mc 10,9).
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