María Magdalena: un amor personal

"María Magdalena fue transformada por un encuentro con el amor y la misericordia del Señor."

Kathleen Nichols, CRC

|

15 de julio de 20256

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"María Magdalena fue transformada por un encuentro con el amor y la misericordia del Señor."

Kathleen Nichols, CRC

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María Magdalena: un amor personal

¡Que me bese con los besos de su boca! Mejores son que el vino tus amores. (Cantar de los Cantares 1,2)

Muchos de los que visitan Magdala llegan con preguntas sinceras sobre la naturaleza de la relación entre María Magdalena y Jesucristo. Algunos admiran a Jesús como un Rabino contracultural que acogió de manera sorprendente a mujeres entre sus discípulos, mientras que otros, con mayor escepticismo, vuelven sobre la conocida especulación de que María Magdalena fuese su esposa. Sin embargo, ambos grupos suelen marcharse de Magdala con una conciencia más profunda de que María Magdalena fue transformada por un encuentro con el amor y la misericordia del Señor.

El libro bíblico que celebra de manera más bella el misterio del amor transformador es el Cantar de los Cantares según el teólogo Henri de Lubac. «Este pequeño libro, de principio a fin, expresa el corazón mismo de la revelación divina difundida en toda la Escritura: proclama simbólicamente el gran misterio del amor —la unión entre Dios y la humanidad— prefigurada en Israel y llevada a plenitud en la Encarnación del Verbo.» El Cantar de los Cantares puede entenderse como una carta de amor de Dios a su pueblo, en armonía con la tradición profética —Oseas, Isaías, Jeremías y Ezequiel— que utiliza imágenes nupciales para describir la relación de alianza entre Dios y su pueblo. Este tema nupcial continúa en los Evangelios, donde Cristo es revelado como el Esposo de su Iglesia, y alcanza su plenitud en las «bodas del Cordero» del libro del Apocalipsis.

Además, a lo largo de los siglos, los santos han testimoniado que el amor expresado en el Cantar no es meramente simbólico, sino un reflejo de su propia experiencia personal del amor de Cristo, algo que también percibimos en María Magdalena. Como escribe san Gregorio de Nisa: «La esposa es el alma… unida a Dios por el amor, deseando el beso del Verbo… nunca satisfecha en su deseo de verle, sino anhelando siempre a Aquel a quien ama.» Es como si los santos clamaran para que el Señor se revelase directamente, para que hablase “con su propia boca”, en un encuentro personal de amor: un beso no de afecto terreno, sino de sabiduría divina y comunión espiritual —el aliento de Dios.

Esta es precisamente la experiencia privilegiada que vivió María Magdalena, y quizá explique por qué algunos han supuesto erróneamente que era la esposa de Jesús: ella vivió una experiencia profundamente personal y nupcial del amor de Dios, una experiencia a la que toda alma está llamada. Esto se hace especialmente evidente en la mañana de la Resurrección, cuando María Magdalena no desea explicaciones sobre Jesús, sino al Señor mismo: «Dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré.» (Juan 20,15) Ya no desea simplemente oír hablar de Él, ni siquiera por boca de los ángeles, sino estar personalmente con Aquel cuyo amor es «mejor que el vino.»

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