Entre la multitud que seguía a Jesús había una mujer. Llevaba doce años enferma. Había sufrido mucho, había buscado soluciones, había gastado cuanto tenía y, lejos de mejorar, su situación había empeorado. El Evangelio no nos dice su nombre. Podría ser cualquiera. Podríamos ser nosotros.
Aquella mujer había oído hablar de Jesús y tomó una decisión: acercarse. No necesitaba grandes palabras. Ni siquiera se atrevía a ponerse delante de Él. Le bastaba con llegar por detrás, abrirse paso entre la gente y tocar su manto.
Y así lo hizo. En medio de tantos que empujaban y rozaban a Jesús, aquel pequeño gesto fue diferente. Jesús se detuvo y preguntó: «¿Quién me ha tocado?».
La pregunta desconcertó a sus discípulos. Todos estaban tocándolo. Todos estaban cerca. ¿Cómo podía preguntar quién lo había tocado?
Pero Jesús sabía que alguien lo había tocado de otra manera.
Quizá ahí comienza también Tocando el Manto.
Podemos vivir rodeados de cosas de Dios, escuchar su Palabra, rezar, participar en celebraciones e incluso hablar de Él y, sin embargo, necesitar volver a acercarnos con la sencillez y la confianza de aquella mujer. No solamente estar cerca de Jesús, sino buscarlo. No solamente rozarlo entre la multitud, sino tocarlo con fe.
A lo largo del Evangelio, muchas personas encontraron en Jesucristo consuelo, esperanza y sanación. Algunas, como aquella mujer, se acercaron hasta tocar su manto. La familia de Magdala propone hoy revivir esta Experiencia de Tocando el Manto, a través de grupos de oración que nacen como una manera concreta de acercarnos a Jesús, presentar ante Él nuestras necesidades y dejarnos transformar por su amor.
En la Capilla del Encuentro de Magdala, a orillas del Mar de Galilea, esta escena adquiere una fuerza especial. Allí recordamos a aquella mujer y, con ella, a tantas personas que se acercaron a Jesús buscando ser escuchadas, consoladas y sanadas. De esa experiencia nace una invitación para nuestra vida cotidiana: orar, formarnos y hacer el bien.
Tocando el Manto quiere llevar esa experiencia más allá de Magdala. Un grupo puede nacer allí donde haya personas con deseo de orar juntas: en una casa, una parroquia, una comunidad o también de forma virtual. Porque, como dice Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).
Son pequeños grupos que se reúnen para orar, escuchar la Palabra y poner ante Jesús sus vidas y las vidas de tantos otros. En cada encuentro hay nombres, rostros e intenciones: enfermedad, preocupaciones familiares, decisiones difíciles, agradecimientos, heridas y esperanza. Hay también peticiones de personas que quizá nunca conoceremos, pero que han confiado su necesidad a la oración de otros.
Y quizá esta sea una de las experiencias más bonitas de estos grupos: aprender a acercarnos a Jesús llevando también a los demás, hacer nuestra la necesidad del otro, presentarla ante Él y confiar.
Pero en aquel relato del Evangelio sucede algo más profundo: la mujer quería tocar el manto y marcharse. Jesús, sin embargo, quiso encontrarse con ella. La buscó entre la multitud. Ella se acercó temblando y le contó toda la verdad. Entonces Jesús pronunció una palabra que cambia por completo la escena: «Hija».
Ya no es una mujer anónima escondida entre la gente. Es alguien mirada, escuchada, reconocida y amada.
Quizá nosotros también llegamos muchas veces a la oración buscando una respuesta, una solución o un consuelo. Y Jesús nos ofrece algo todavía mayor: Él mismo.
Por eso Tocando el Manto no es solamente un grupo que se reúne para pedir. Es una invitación al encuentro. A dejarnos mirar por Jesús. A descubrir que, mientras nosotros pensamos que somos quienes nos acercamos a Él, es Él quien sale a nuestro encuentro y nos llama por nuestro nombre.
Dos mil años después, la multitud sigue siendo grande. También nuestras heridas, búsquedas y preguntas.
Y Jesús sigue pasando. Quizá solo haga falta volver a creer, como aquella mujer, que merece la pena abrirse paso entre la multitud, extender la mano y tocar su manto.
Y quizá hoy la invitación sea también para ti. Reúne a algunas personas, abre las puertas de tu casa, de tu parroquia o de tu comunidad y forma un Grupo Tocando el Manto. No hace falta empezar siendo muchos. Basta el deseo de encontrarse, orar juntos y acercar a Jesús las necesidades de tantos.
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